En un mundo que corre demasiado rápido, donde la ansiedad se ha convertido en compañera silenciosa de millones de personas, aparece Ferran Cases @ferrancases – ferrancases.com con una propuesta tan inesperada como poderosa: reír para sanar. Escritor, divulgador, periodista y ahora también monologuista, Ferran ha convertido su historia personal en un espectáculo que mezcla neurociencia, psicología y carcajadas. Su show Bye Bye Ansiedad no solo entretiene: transforma.
Hoy hablamos con él sobre su faceta más escénica, su recorrido vital, y cómo ha logrado convertir el miedo en arte. Porque cuando alguien dice “trabajo codo con codo con un equipo de psicólogos que se dedican en exclusiva a ayudarte a superar la ansiedad a través de un proceso terapéutico”, sabes que detrás hay mucho más que un monólogo.
Ferran, ¿cómo se pasa de sufrir ansiedad a subirse a un escenario para hablar de ella con humor? ¡Gran pregunta! Me la apunto en la lista de “cosas que jamás pensé que me preguntarían cuando estaba paralizado por la ansiedad”. Mira, cuando sufres ansiedad lo último que imaginas es acabar en un escenario, bajo los focos y con gente mirándote. Eso antes me habría parecido como pedirle a un pez que dé una charla sobre cómo respirar aire.
La clave fue transformar la experiencia: pasé de ser víctima de la ansiedad a ser “experto en primera persona”. Y cuando cuentas tu historia con humor, algo mágico ocurre:
Uno:Te liberas tú (porque reírse de los monstruos los vuelve enanitos). Dos: se libera el público, que descubre que la ansiedad no es un monstruo invencible, sino un personaje pesado… pero cómico si lo miras con otra luz.
Así que un día pensé: “si yo puedo reírme de esto, seguro que otros también. Y si encima aprenden cómo manejarlo, pues mejor que mejor”. Y ahí nació el Bye Bye Ansiedad Show, donde mezclo lo serio (porque la ansiedad lo es) con lo ligero (porque el humor es medicina). En resumen: pasé de temblar en una silla a hacer temblar un teatro de risas.
¿Qué te llevó a convertir tu experiencia personal en un espectáculo como Bye Bye Ansiedad? Lo que me llevó fue, básicamente, la pura necesidad. Cuando pasas por un infierno como la ansiedad, tienes dos opciones: esconderlo como si fuera un secreto vergonzoso, o convertirlo en gasolina para hacer algo útil. Yo elegí lo segundo.
Durante años me limité a sobrevivir, pero al empezar a contarlo descubrí que a la gente le servía, que muchos se veían reflejados y que había una manera distinta de hablar de salud mental: cercana, clara y, sí, con humor. Porque si nos tomamos la ansiedad demasiado en serio, ella gana. En cambio, si logramos mirarla con ironía, pierde fuerza.
El espectáculo nació de esa mezcla: el deseo de ayudar, la necesidad de normalizar lo que tantos vivimos, y la convicción de que subirme a un escenario era la mejor forma de llegar a muchas más personas a la vez. Es mi manera de decir: “yo estuve ahí, sé lo que sientes, y te prometo que se puede salir… incluso riendo por el camino”.

Eres autor de libros como El pequeño gran libro de la ansiedad y El cerebro de la gente feliz. ¿Cómo se traduce ese contenido al lenguaje del humor?
Mis libros no son manuales aburridos ni tratados médicos. Son casi como un monólogo escrito: anécdotas, humor, comparaciones absurdas y experiencias personales que convierten un tema serio en algo que puedes leer sin sentir que cargas con una enciclopedia encima. Cuando hablo de ansiedad o de felicidad en mis libros, lo hago igual que en un escenario: contando cómo me pasó a mí, exagerando un poco para que veas lo ridículo que puede llegar a ser, y usando el humor como pegamento para que la información se quede.
Así que, en realidad, no es que tenga que “traducir” mis libros al lenguaje del humor. Es que ya están escritos en ese idioma. Lo que hago en el show es llevar esas mismas historias y bromas al directo, para que la gente no solo lo lea, sino que lo viva conmigo.
¿Qué tiene el formato monólogo que te permite conectar con el público de forma tan directa? El monólogo tiene una ventaja brutal: te quita la distancia. No hay atril, no hay formalidad, no hay “doctor Cases” con bata blanca y gráficos en PowerPoint. Solo estoy yo, un tío que ha pasado por lo mismo que muchos de los que están sentados en la butaca, hablando con cercanía.
Ese formato permite dos cosas que son oro:
1. Autenticidad. Cuento mis anécdotas tal cual, sin disfraz. Cuando digo que la ansiedad me dejó paralizado o que pensé que me moría en un atasco, la gente se ríe… y se reconoce.
2. Ritmo. El humor mantiene la atención despierta. Puedes explicar cómo funciona el cerebro y el cortisol, pero si lo haces como un monólogo, con exageraciones y ejemplos absurdos, nadie se desconecta.
En el fondo, el monólogo es la forma más honesta de decir: “mira, no estoy por encima de ti, estoy contigo”. Y esa conexión es lo que convierte un tema tan serio en una experiencia compartida que puede ser incluso divertida.
¿Cómo reacciona la gente durante el show? ¿Has visto lágrimas, risas, abrazos…? He visto de todo. El público pasa de la carcajada a la lágrima en cuestión de segundos. Y me parece precioso, porque eso significa que se están permitiendo sentir, que no se quedan atrapados en una sola emoción. Hay quien llora de alivio, porque por primera vez alguien pone palabras y humor a lo que llevan años viviendo en silencio. Hay quien se ríe porque descubre que no está loco, que esas sensaciones absurdas de la ansiedad nos han pasado a muchos. Y sí, después del show he recibido abrazos larguísimos, de esos que dicen más que mil “gracias”.
Lo bonito es que se crea un ambiente de comunidad. Nadie se siente raro, nadie se siente solo. En el teatro, la ansiedad deja de ser un monstruo privado para convertirse en algo compartido. Y esa mezcla de risas, lágrimas y abrazos es la prueba de que el humor, cuando se usa con verdad, cura un poquito.
¿Qué nos puedes contar de tus próximos shows en Barcelona? ¿Dónde y cuándo podremos verte? Hasta diciembre estaré en la Sala Poca Solta de Barcelona, donde hago una función al mes y el ambiente es espectacular, muy íntimo y cercano. La idea es que, si seguimos con este ritmo y la respuesta del público se mantiene, demos el salto a un teatro más grande aquí en Barcelona. Ya lo probamos en la Sala Villarroel y fue una experiencia increíble, así que repetir en un espacio así es un paso natural.
Y después sí, la idea es llevar el show a Madrid, una ciudad a la que le tengo mucho cariño y donde ya he actuado varias veces con una acogida fantástica. Pero de momento, lo primero es seguir disfrutando de este formato mensual en Poca Solta y preparar bien el siguiente paso en Barcelona.
Si miras atrás, ¿qué momento marcó el inicio de tu transformación como comunicador escénico? El punto de inflexión fue la primera vez que conté en público, sin filtros, que había sufrido ansiedad y cómo me había dejado literalmente paralizado. Lo hice en una charla pequeña, casi improvisada, delante de gente que esperaba otra cosa más “seria” y académica.
Ese día descubrí dos cosas: una, que al compartir mi experiencia real, la gente se enganchaba mucho más que con cualquier teoría. Y dos, que cuando me permitía reírme de lo que había pasado, el público reía conmigo, y eso no solo aliviaba a los demás, también a mí. Ahí entendí que la vulnerabilidad y el humor eran mi mejor escenario. Ese momento fue como abrir una compuerta: ya no se trataba solo de explicar qué es la ansiedad, sino de vivirlo con el público, de transformarlo en algo compartido. Y esa fue la semilla de todo lo que vino después.
¿Y si miras hacia adelante? ¿Qué sueñas con hacer en el futuro como showman, periodista o creador? Si miro hacia adelante, lo primero que me viene es seguir escribiendo. El año que viene salen dos libros nuevos que me hacen muchísima ilusión, y siento que cada proyecto escrito me permite llegar a personas que quizá nunca pisarían un teatro, pero que también necesitan herramientas y un poco de humor para lidiar con la ansiedad.
En paralelo, quiero seguir creciendo en el teatro. Me encanta ese contacto directo con el público, esa energía que se crea solo en vivo. Y no te voy a engañar: sueño con un especial de Netflix. Dicen que hay que soñar en grande, y yo ya aprendí que si fui capaz de transformar la ansiedad en un show, también puedo aspirar a llevarlo a una pantalla global.
Así que, en resumen, más libros, más escenarios, y un sueño claro: que el mensaje de que se puede reír y aprender de la ansiedad llegue cada vez más lejos.
¿Cómo es el proceso creativo detrás de Bye Bye Ansiedad? ¿Escribes solo, ensayas con psicólogos, testas con público? El proceso creativo es bastante menos glamuroso de lo que la gente imagina. Al principio es muy solitario y, para qué engañarnos, bastante aburrido: horas y horas escribiendo, corrigiendo, dándole vueltas a cada idea hasta que el texto empieza a tener forma de show.
Cuando por fin tengo un borrador sólido, viene la parte divertida. Reúno a mis amigos, les leo el espectáculo entero y me convierto en un observador implacable. Si se ríen, el gag se queda. Si no se ríen… me toca buscar alternativas. Ese filtro es infalible, porque ellos no me regalan la risa.
En resumen: primero la soledad del escritorio, después el laboratorio del salón de casa con mis amigos como jurado. Y a partir de ahí, el salto al escenario, donde el público real termina de pulir cada detalle. Porque al final, el show no se escribe del todo hasta que no lo comparto en directo.
Dices que trabajas codo con codo con un equipo de psicólogos. ¿Cómo influye eso en el contenido del show? Trabajar con psicólogos me da algo fundamental: rigor. Yo pongo las anécdotas, el humor y la experiencia personal, pero necesito asegurarme de que todo lo que transmito tenga una base sólida y que nadie se lleve un mensaje equivocado. Ellos revisan, corrigen, matizan. A veces me dicen: “esto suena gracioso, pero cuidado con cómo lo entienden las personas que lo escuchan”. Y entonces ajusto. Gracias a ese trabajo conjunto, el show no se queda en entretenimiento: se convierte en un espacio seguro donde la gente se ríe, se identifica y, además, se lleva herramientas reales para entender mejor su ansiedad.
En otras palabras: yo pongo el altavoz, y los psicólogos me ayudan a que lo que salga por él tenga sentido y ayude de verdad. Esa mezcla de humor y ciencia es lo que hace que el espectáculo funcione.
¿Crees que el humor puede ser una herramienta terapéutica real? ¿Dónde está el límite entre reírse de algo y reírse con algo? Estoy convencido de que el humor es una herramienta terapéutica. No sustituye a una terapia psicológica, pero sí abre puertas: relaja, genera confianza, rompe el hielo y te permite mirar la ansiedad desde un ángulo distinto. Cuando te ríes, tu cerebro se relaja lo suficiente como para que entre la información y te plantees nuevas formas de afrontar lo que te pasa.
Ahora, el límite es muy importante. No se trata de reírse de la ansiedad como si fuera una broma sin importancia, porque para quien la sufre es muy seria. Se trata de reírse con la ansiedad, de reconocer que está ahí, que puede ser absurda, que puede ponerte en situaciones ridículas, y que aun así puedes mirarla con cierta ironía.
En ese matiz está la diferencia: el humor no minimiza el problema, lo humaniza. Y cuando algo se vuelve más humano, deja de ser un monstruo.
¿Qué le dirías a alguien que está dudando si venir al show porque “no está para reírse”? Le diría que precisamente por eso debería venir. Cuando uno siente que “no está para reírse”, suele ser el momento en el que más necesita un respiro. El show no es solo carcajadas, es un viaje en el que también hay comprensión, anécdotas que te hacen sentir menos raro y momentos de emoción.
No hace falta llegar con ganas de fiesta, basta con llegar con ganas de no sentirse solo. El humor en el espectáculo está al servicio de algo más grande: que salgas de allí un poco más ligero, con la sensación de que lo que te pasa tiene explicación, que hay formas de gestionarlo y que, sí, incluso puedes sonreír en medio de todo eso.
En resumen: no necesitas estar bien para venir, puedes venir estando mal. El show está pensado para acompañar, no para exigir.
El escenario como espacio de sanación
Ferran Cases no hace comedia para escapar de la ansiedad. La hace para mirarla de frente, desmontarla y compartirla. Su espectáculo no es solo entretenimiento: es una invitación a reconciliarse con uno mismo, a entender que el miedo no tiene por qué ser enemigo, y que la risa puede ser el primer paso hacia la libertad emocional.
Si tienes ansiedad, te vas con herramientas. Si no la tienes, te vas con empatía. Y si solo quieres reírte, te vas con el corazón más ligero.
Bye Bye Ansiedad no es solo un show. Es un viaje. Y Ferran Cases, su guía con alma de cómico, te espera en el escenario.
